Tu estilo, es el corazón de tu imagen

Hay un momento en la vida en el que todo cambia y no, no me refiero solo a los gorditos nuevos en los que nos fijamos todas (que no deberíamos hacerlo tanto), al cuerpo que ya no responde igual a una fiesta, al pelo que se ve distinto o a esas ojeras que antes ni se notaban. Me refiero al punto exacto en el que te paras frente al clóset y ya no reconoces a la persona que ves en el espejo, a la persona que eres en tu interior.

 

Y no es que no te guste la ropa, o que no tengas qué ponerte, es que sientes que te estás camuflando porque no representa lo que quieres comunicar. Como si la pinta que armaste fuera más un uniforme impuesto que un reflejo de ti y lo más curioso es que pasa sobre todo en el trabajo, y es obvio, porque ahí es donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, ya sea en la casa o en un oficina, ahí donde supuestamente deberías sentirte más “profesional” o “segura” terminas sintiéndote justo al revés: incómoda, rígida, fuera de lugar, desarreglada.

 

A mí me pasó y sé que no soy la única y por eso me atrevo a decirte que no estas sola!!!

Por años me dijeron que para verme bien tenía que seguir ciertas normas: que el negro estiliza, que los tacones empoderan, que hay que disimular la barriga, que si no usas maquillaje te ves desarreglada… Y yo las seguí al pie de la letra. Me vestía para encajar, para verme como creía que debía verme, pero cada vez que me miraba en el espejo antes de una reunión importante, sentía que la imagen que proyectaba no era la mía, era como si llevara puesto un uniforme prestado.

 

Cuando empecé en este maravilloso mundo de la imagen y estudié asesoría, las reglas continuaban y los estereotipos se reforzaban cada vez más. Hasta que entendí dos cosas que cambiaron todo: uno, los estereotipos no siempre hay que seguirlos y dos, el estilo no es un uniforme, es el corazón que le pones a tu imagen.

 

Y no hablo de moda, ni de tendencias, ni de esos “tips” que te dicen cómo deberías verte a los 40, a los 50 o a los 60. Hablo de lo que pasa adentro. Porque cuando cruzas los 35, la vida empieza a mostrarte que todo cambia, el cuerpo cambia, la piel cambia, las emociones cambian… y, sin darte cuenta, también empieza a cambiar esa relación con tu cuerpo y con tu imagen.

 

Lo que antes te quedaba cómodo, ahora incomoda, lo que antes evitabas, ahora lo amas porque conecta más contigo, lo que antes te hacía sentir poderosa, ahora puede limitarte, en resumen lo que antes te representaba, ahora parece pertenecer a otra persona. Y ahí es donde muchas nos quedamos atrapadas: seguimos poniéndonos la misma ropa, los mismos moldes, los mismos “trajes de batalla”… y nos sentimos cada vez más desconectadas, seguimos mostrando una imagen que no nos representa y aunque lo sentimos, nos hacemos las “locas” pero seguimos criticándonos todas las mañanas en el espejo y seguimos estresándonos porque no “tenemos nada que ponernos”.

 

Y es lógico, porque nadie nos ha enseñado que nuestro estilo también evoluciona con nosotros, nadie te dice que está bien dejar de vestirte como antes. Que no tienes que seguir las mismas reglas que te sirvieron a los 25 o a los 30. Que tu imagen puede y debe ir cambiando a medida que tú cambias.

 

El problema es que en la vida laboral eso se siente aún más fuerte. Nos llenaron de reglas absurdas: “para que te tomen en serio vístete de negro”, “para parecer profesional usa tacones”, “no llames mucho la atención”, “tienes que verte joven, pero no demasiado atrevida”, “si te arreglas demasiado vas a parecer distante, pero si no te arreglas, que no te importa y eres descuidada”.

 

Y créeme es ¡Es agotador! Vivimos como si fuéramos malabaristas, tratando de equilibrar las expectativas externas, la inseguridad interna y la necesidad real de sentirnos bien en nuestra piel y de encajar a todo lado donde llegamos.

 

Por eso hoy quiero decirte algo que a mí me costó entender, pero ahora que lo entiendo la forma en que me miro a mi misma cambió: tu estilo no necesita seguir normas rígidas, no necesita encajar en moldes, no necesita parecerse al de hace 10 años. Tu estilo necesita reflejar quien eres realmente, acompañarte y darte seguridad. Y eso solo pasa cuando te vistes desde lo que eres hoy, no desde lo que los demás esperan o desde lo que fuiste hace unos años porque no has aceptado tu evolución.

 

Míralo así: tu estilo es el corazón de tu imagen, es ese toque único que te hace sentirte segura y muy bien con tu imagen y tu cuerpo, eso que nadie más tiene. Y en esta etapa, con todos los cambios que tenemos todo el tiempo, necesitas una imagen que vibre contigo, que hable de ti, que te represente sin filtros y sin camuflajes.

 

Porque, seamos honestas, ¿cuántas veces te has puesto algo solo porque “es lo correcto”? Ese blazer que detestas, esa camisa que te ahoga, esos zapatos que no aguantas, ese maquillaje que sientes súper pesado para ti. Todo para “proyectar” algo, pero por dentro, sigues dudando, sigues sintiéndote incómoda, sigues poniéndote el uniforme de siempre.

 

Lo que nadie te dice es que la verdadera seguridad se nota cuando te vistes en coherencia contigo misma. Cuando eliges colores que te hacen sentir bien, prendas que respetan tu cuerpo real, proyectar el estilo que va con tu esencia y no con los moldes que nos han impuesto desde siempre.

 

Sé que da miedo, porque hemos crecido pensando que ser auténtica es ser rebelde, que mostrarse tal como eres es arriesgado, que adaptarte a tu edad es resignarte, pero no es así.

 

Vestirte desde el corazón no es resignarte, es liberarte. Es decir: “Este es mi cuerpo hoy, esta es mi energía hoy, esta soy yo… y merezco sentirme bien con mi imagen” sin importar lo que piensen y digan los demás.

 

Tu estilo puede ser ese puente entre lo que sientes y lo que proyectas, puede ser tu ancla en los días de inseguridad, puede ser tu As bajo la manga, cuando el entorno laboral te exige ser alguien que no eres. Pero para eso, tienes que soltar las reglas absurdas y empezar a escucharte.

 

Y no te estoy diciendo que el cambio sea inmediato, se trata de pequeñas decisiones diarias: una prenda que te representa, un color que te da energía, un accesorio que habla de ti. Paso a paso, vas dejando atrás los uniformes que ya no te quedan, y construyendo una imagen real, auténtica, sin filtros.

 

Si hoy sientes que tu clóset habla más de lo que fuiste que de lo que eres actualmente, que tu imagen en el trabajo no refleja tu autenticidad, que la inseguridad sigue ahí cada vez que te miras en el espejo, tranquila, te voy a dar un tip para comenzar a cambiarlo.

 

Empieza por hacerte una pregunta muy simple, pero muy poderosa:

¿Me estoy camuflando o me estoy vistiendo desde el corazón?

Hazlo cada mañana antes de salir y si la respuesta no te gusta, no pasa nada, es el primer paso para recuperar tu seguridad, tu autenticidad y tu estilo sin filtros, porque al final, lo que de verdad se nota no es el camuflaje, es la energía que proyectas cuando te vistes siendo fiel a ti.

 

Reto de la semana

En las mañanas, cuando tengas que elegir que ponerte, elige una sola prenda o accesorio que sientas que te representa hoy, en esta etapa, con tu cuerpo actual, con tu historia, sin filtros. Solo una. El resto puede seguir siendo lo mismo de siempre, no importa, pero ese detalle va a ser el primer recordatorio de que tu estilo empieza a construirse desde lo que eres, no desde lo que los demás esperan.

 

Y si te animas, mírate al espejo y pregúntate: ¿Esto habla de mí o estoy repitiendo un patrón que ha estado conmigo por varios años, pero que no me representa? Te prometo que solo con esa pregunta, tu relación con la ropa empieza a cambiar.

Atrévete a probar tu estilo como un molde y empieza a ponerle corazón a tu imagen, sin filtros.